terça-feira, 10 de abril de 2012

USOS DE LA "G" Y LA "J"


REGLAS DE USO DE LA “G” Y LA”J”

Bajo Presupuesto 31 | Caio Di Lorenzo

Se escriben con g
  •   El prefijo geo- de las palabras compuestas: geografía, geometría, geología
  •    La terminación -gen de los nombres: origen, margen, aborigen
  •    Las terminaciones -gélico, -genario, -géneo, -génico, -genio, -génito, -gesimal, -gésimo, -gético y sus femeninos y plurales: angélico, sexagenario, homogéneo, fotogénico, ingenio, primogénito, cuadragesimal, vigésimo, apologético
  •  Las terminaciones -gia, -gio, -gión, -gional, -gionario, -gioso  y -gírico: magia, regio, religión, regional, legionario, prodigioso, panegírico, etc.
  •    Las terminaciones -ger  y -gir de los infinitivos: proteger, escoger, recoger, fingir, corregir, dirigir, etc. Menos tejer, crujir y sus compuestos
  •  Además, es preciso recordar que la g con la e y la i tiene sonido gutural fuerte (como en gente o en gigante); para representar ese mismo sonido suave, se coloca una u muda entre la g y la e o la i: guerra, guiso… cuando esa u intermedia suena se escribe con diéresis, como en pingüino.

Se escriben con j

  •  Los tiempos de los verbos cuyo infinitivo no tienen g ni j.  Ejemplos: sustraer - sustrajo, contradecir - contradije, inducir - indujo traer - trajimos, decir - dijimos.
  •   La terminación jero, jera, jeria. Excepción: ligero. Ejemplos: cerrajería, pasajero, mensajero, extranjero, relojero, tijera, relojería, brujería.
  •   Las terminaciones en aje y las que inician con eje. Excepciones: ambages, enálage, egeria. Ejemplos: viaje, salvaje, vendaje, equipaje, lenguaje, ejercer, ejecución, ejemplar.
  •  Los tiempos de los verbos que llevan j en su infinitivo. Ejemplos: objetar - objetamos, tejer - tejo, injertar - injertaron, injuriar - injurio, jurar - juraron, cojear - cojeamos, manejar - manejamos, encajar - encajaron.

segunda-feira, 2 de abril de 2012

Pablo Neruda


Hace mucho, me enamoré de este poeta  chileno! Un amante de las palabras, quizá, el motivo porque  las mujeres gusten demasiado de sus poesias!
Nació Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, (Parral, Chile, 12 de Jullo de 1904 - Santiago, 23 de Setembro de 1973) fue un de los poetas , más  importantes de la lengua española del siglo XX. Pablo Neruda es un poeta chileno galardonado con el Premio Nacional de Literatura y el Premio Nobel de Literatura. También se desempeñó como diplomático y fue miembro activo del partido comunista, compromiso político que muchas veces se ve plasmado en sus obras. Ampliamente conocido por sus obras "Veinte poemas de amor y una canción desesperada" y sus "Cien sonetos de amor", también es el autor de poemas tales como "Ahora es Cuba", "Alturas de Macchu Picchu"," Los enemigos" y "Si tú me olvid", entre tantas otras.

Un soneto de este hombre del amor!

XLIV
 
SABRÁS que no te amo y que te amo
puesto que de dos modos es la vida,
la palabra es un ala del silencio,
el fuego tiene una mitad de frío.
Yo te amo para comenzar a amarte,
para recomenzar el infinito
y para no dejar de amarte nunca:
por eso no te amo todavía.
Te amo y no te amo como si tuviera
en mis manos las llaves de la dicha
y un incierto destino desdichado.
Mi amor tiene dos vidas para amarte.
Por eso te amo cuando no te amo
y por eso te amo cuando te amo.


Fonte:http://www.neruda.uchile.cl/

Falsos Amigos o Heterosemánticos


Son vocablos muy semejantes en la grafía y en la pronunciación del español y del portugués, pero poseen significados diferentes en ambas lenguas.


Vemos este video:
 


Más ejemplos:


Español Portugués Portugués Español
aceite óleo, azeite aceite aceptado
acordar concordar acordar despertar
año ano ánus ano
borrar apagar apagar apagar
asignatura disciplina, matéria assinatura firma
aula sala de aula aula   clase
batata batata doce batata papa
berro agrião berro grito
balón bola balão globo
bolsa sacola plástica bolsa bolso
brincar saltar brincar jugar
cana cabelo branco cana caña
cena jantar cena escena
chato liso, plano chato aburrido
cachorro filhote de mamífero cachorro perro
calzada pista calçada acera, vereda
camada ninhada capa camada
cartón papelão cartão tarjeta
cola fila, rabo cola pegamento
corrida tourada corrida carrera
crianza criação criança niño
cuello pescoço coelho conejo
doce doze doce dulce
dirección endereço direção dirección
distinto diferente distinto distinguido, ilustre
engrazado engraxado engraçado chistoso
escoba vassoura escova cepillo
escritorio escrivaninha escritório oficina
esposas algemas esposas esposas
experto experto, especialista esperto astuto, ingenioso
exquisito saboroso esquisito raro
flaco fraco fraco débil
fechar datar fechar cerrar
gallo galo galho rama
gamba tipo de camarão gambá zarigüeya
ganancia lucro ganância usura
garrafa botijão garrafa botella
grasa gordura graça gracia
habitación quarto habitação vivienda
jornal diária jornal periódico
largo comprido largo ancho
niño menino ninho nido
nudo nu desnudo
oso urso osso hueso
oficina escritório oficina taller
palco camarote palco escenario
papelón papel de ridículo papelão cartón
pipa cachimbo pipa la cometa
polvo polvo pulpo
prejuicio preconceito prejuízo perjuicio
presunto suposto presunto jamón
presupuesto orçamento pressuposto presumido
pronto rápido pronto listo
rato momento, instante rato ratón
risco penhasco, falésia risco riesgo
raya listra, travessão arraia raya
rojo vermelho roxo morado
rubio loiro ruivo pelirrojo
salada salgada salada ensalada
sitio lugar, página web sítio finca
salsa molho salsa perejil
sótano porão sótão desván, buhardilla
suceso acontecimento sucesso éxito
tapa aperitivo tapa bofetada
tapete pano de mesa tapete alfombra
taza xícara taça copa
tela pano tela pantalla
tienda loja tenda barraca
tirar atirar tirar quitar
trazido traido traído traicionado
vaso copo vaso maceta
zueco tamanco sueco sueco
zurdo canhoto surdo sordo
balcón varanda balcão mostrador
feria feira férias vacaciones
taller oficina talher cubierto
cubo balde cubo cubo
raro esquisito raro inusual
escupir cuspir esculpir esculpir
despido demissão despido desnudo
comisaría delegacia lanchonete cafetería
boliche bar bar bodega
torta bolo tarta torta
pastel bolo pastel empanada
abono adubo abono gratificación
borracha bêbada borracha borrador
juquete brinquedo foguete cohete




domingo, 1 de abril de 2012

Mario Benedetti


Poeta y novelista uruguayo nacido en 1920 en Paso de  Los Toros. Fue integrante de la Generación del 45.
Recibió la formación primaria y secundaria  en Montevideo y a los dieciocho años se trasladó  a Buenos Aires donde residió por varios años. En 1945 formó parte del famoso semanario "Marcha" donde colaboró como periodista hasta 1974.
Ocupó el cargo de director del Departamento de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de Montevideo.
Desde 1983 se radicó en España permaneciendo allí la mayor parte del año. Obtuvo el VIII Premio Reina Sofía de Poesía y recibió el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante.
Su vasta producción literaria abarca todos los géneros, incluyendo famosas letras de canciones, cuentos y ensayos, traducidos en su mayoría a varios idiomas.
De su extensa obra se encuentran entre otros, la novela "Gracias por el fuego", "El olvido está lleno de memoria", y los poemarios, "Inventario Uno" e "Inventario Dos".Falleció en Montevideo en mayo de 2009. 

Una poesia de este grande escritor:

Estados de ánimo
                              A veces me siento como un águila en el aire ...
                       (A propósito de una canción  de Pablo Milanés)

Unas veces me siento
como pobre colina,
y otras como montaña
de cumbres repetidas,
unas veces me siento
como un acantilado,
y en otras como un cielo
azul pero lejano,
a veces uno es
manantial entre rocas,
y otras veces un árbol
con las últimas hojas,
pero hoy me siento apenas
como laguna insomne,
con un embarcadero
ya sin embarcaciones,
una laguna verde
inmóvil y paciente
conforme con sus algas
sus musgos y sus peces,
sereno en mi confianza
confiando en que una tarde,
te acerques y te mires..
te mires al mirarme.

sexta-feira, 30 de março de 2012

Sonhar e ser Feliz!


O sonho

Sonhe com aquilo que você quer ser,

porque você possui apenas uma vida
e nela só se tem uma chance
de fazer aquilo que quer.

Tenha felicidade bastante para fazê-la doce.

Dificuldades para fazê-la forte.
Tristeza para fazê-la humana.
E esperança suficiente para fazê-la feliz.

As pessoas mais felizes não tem as melhores coisas.

Elas sabem fazer o melhor das oportunidades
que aparecem em seus caminhos.

A felicidade aparece para aqueles que choram.

Para aqueles que se machucam
Para aqueles que buscam e tentam sempre.
E para aqueles que reconhecem
a importância das pessoas que passaram por suas vidas.
(Clarice Lispector)

quinta-feira, 29 de março de 2012

Verborragia, você sabe o que é?

De acordo com o Professor Soares Amora, o vocábulo significa: "Qualidade de quem fala ou discute com grande fluência e abundância de palavras, mas com poucas ideias."  Ou seja, fala-se muito para dizer nada!
Um bom exemplo, é o livro de Monik Ornellas " O que você anda falando por aí? - Verborragia", fazendo o leitor pensar em suas falas cotidianas! Um trecho do livro para começar a reflexão!

"Homens bons, ou são casados ou são gays"
Essa é uma mentira que todas as mulheres querem acreditar para justificar seu infotúnio. Para começar, a qualificação de uma pessoa boa ou interessante é algo muito pessoal. Não existem homens ruins, o que pode ser interessante para uma pessoa, é totalmente desistimulante para outra.

Nós mulheres temso o hábito de criar uma imagem ideal do homem que desejamos encontrar e o que acontece é que muitas vezes pessoas maravilhosas aparecem em nosso caminho, porém estas nada têm a ver com o molde que criamos, logo, mesmo que O CARA esteja em pé a nossa frente, não conseguimos enxergá-lo. Mas vamos aos fatos:

O primeiro ítem "homens bons são casados": vou pedir pra vocês acessarem um bate-papo qualquer por aí. Pelo ao menos 70% dos homens online em bate-papos e em barzinhos dando na pinta, são casados ou comprometidos. Isso é  um perfil de homem bom? Pelo ao menos nãoé um perfil de homem fiel, pré requesito básico para qualquer mulher. Homens casados de forma alguma significam certificado de qualidade.

Segundo ítem "homens bon são gays": durante toda a história da humanidade a sexualidade esteve presente, até porque, mesmo que a sociedade ainda tenha seus preconceitos, a homossexualidade é e sempre será uma predisposição natural humana, porém, hoje em dia encontramos uma abertura um pouco maior para se falar do assunto e sair do armário.

O desejo sexual de uma pessoa em nada a coloca em um patamar de bom ou ruim. Tanto pessoas hetero como homossexuais são tão fiéis como infiéis.(...)

terça-feira, 27 de março de 2012

Singular Ocorrência

Os contos Machadianos nos levam à imensidão de nossa imaginação, com uma sutileza ímpar  deste magnífico MACHADO DE ASSIS. De todos os contos , tenho um em especial que me fez apaixonar por este grande escritor do século XIX. E espero que gostem!


SINGULAR OCORRÊNCIA


Há ocorrências bem singulares. Está vendo aquela dama que vai entrando na
Igreja da Cruz? Parou agora no adro para dar uma esmola.
— De preto?
— Justamente; lá vai entrando; entrou.
— Não ponha mais na carta. Esse olhar está dizendo que a dama é uma sua
recordação de outro tempo, e não há de ser de muito tempo, a julgar pelo corpo:
é moça de truz.
— Deve ter quarenta e seis anos.
— Ah! conservada. Vamos lá; deixe de olhar para o chão, e conte-me tudo. Está
viúva, naturalmente?
— Não.
— Bem; o marido ainda vive. É velho?
— Não é casada.
— Solteira?
— Assim, assim. Deve chamar-se hoje D. Maria de tal. Em 1860 florescia com o
nome familiar de Marocas. Não era costureira, nem proprietária, nem mestra de
meninas; vá excluindo as profissões e lá chegará. Morava na Rua do Sacramento.
Já então era esbelta, e, seguramente, mais linda do que hoje; modos sérios,
linguagem limpa. Na rua, com o vestido afogado, escorrido, sem espavento,
arrastava a muitos, ainda assim.
— Por exemplo, ao senhor.
— Não, mas ao Andrade, um amigo meu, de vinte e seis anos, meio advogado,
meio político, nascido nas Alagoas, e casado na Bahia, donde viera em 1859. Era
bonita a mulher dele, afetuosa, meiga e resignada; quando os conheci, tinham
uma filhinha de dois anos.
— Apesar disso, a Marocas...?
— É verdade, dominou-o. Olhe, se não tem pressa, conto-lhe uma coisa
interessante.
— Diga.
A primeira vez que ele a encontrou, foi à porta da loja Paula Brito, no Rocio.
Estava ali, viu a distância uma mulher bonita, e esperou, já alvoroçado, porque ele
tinha em alto grau a paixão das mulheres. Marocas vinha andando, parando e
olhando como quem procura alguma casa. Defronte da loja deteve-se um
instante; depois, envergonhada e a medo, estendeu um pedacinho de papel ao
Andrade, e perguntou-lhe onde ficava o número ali escrito. Andrade disse-lhe que
do outro lado do Rocio, e ensinou-lhe a altura provável da casa. Ela cortejou com
muita graça; ele ficou sem saber o que pensasse da pergunta.
— Como eu estou.
— Nada mais simples: Marocas não sabia ler. Ele não chegou a suspeitá-lo. Viu-a
atravessar o Rocio, que ainda não tinha estátua nem jardim, e ir à casa que
buscava, ainda assim perguntando em outras. De noite foi ao Ginásio; dava-se a
Dama das Camélias; Marocas estava lá, e, no último ato, chorou como uma
criança. Não lhe digo nada; no fim de quinze dias amavam-se loucamente.
Marocas despediu todos os seus namorados, e creio que não perdeu pouco; tinha
alguns capitalistas bem bons. Ficou só, sozinha, vivendo para o Andrade, não
querendo outra afeição, não cogitando de nenhum outro interesse.
— Como a Dama das Camélias.
— Justo. Andrade ensinou-lhe a ler. Estou mestre-escola, disse-me ele um dia; e
foi então que me contou a anedota do Rocio. Marocas aprendeu depressa.
Compreende-se; o vexame de não saber, o desejo de conhecer os romances em
que ele lhe falava, e finalmente o gosto de obedecer a um desejo dele, de lhe ser
agradável... Não me encobriu nada; contou-me tudo com um riso de gratidão nos
olhos, que o senhor não imagina. Eu tinha a confiança de ambos. Jantávamos às
vezes os três juntos; e... não sei por que negá-lo, — algumas vezes os quatro.
Não cuide que eram jantares de gente pândega; alegres, mas honestos. Marocas
gostava da linguagem afogada, como os vestidos. Pouco a pouco estabeleceu-se
intimidade entre nós; ela interrogava-me acerca da vida do Andrade, da mulher,
da filha, dos hábitos dele, se gostava deveras dela, ou se era um capricho, se
tivera outros, se era capaz de a esquecer, uma chuva de perguntas, e um receio
de o perder, que mostravam a força e a sinceridade da afeição... Um dia, uma
festa de S. João, o Andrade acompanhou a família à Gávea, onde ia assistir a um
jantar e um baile; dois dias de ausência. Eu fui com eles. Marocas, ao despedir-se,
recordou a comédia que ouvira algumas semanas antes no Ginásio — Janto com
minha mãe — e disse-me que, não tendo família para passar a festa de S. João, ia
fazer como a Sofia Arnoult da comédia, ia jantar com um retrato; mas não seria o
da mãe, porque não tinha, e sim do Andrade. Este dito ia-lhe rendendo um beijo;
o Andrade chegou a inclinar-se; ela, porém, vendo que eu estava ali, afastou-o
delicadamente com a mão.
— Gosto desse gesto.
— Ele não gostou menos. Pegou-lhe na cabeça com ambas as mãos, e,
paternalmente, pingou-lhe o beijo na testa. Seguimos para a Gávea. De caminho
disse-me a respeito da Marocas as maiores finezas, contou-me as últimas frioleiras
de ambos, falou-me do projeto que tinha de comprar-lhe uma casa em algum
arrabalde, logo que pudesse dispor de dinheiro; e, de passagem, elogiou a
modéstia da moça, que não queria receber dele mais do que o estritamente
necessário. Há mais do que isso, disse-lhe eu, e contei-lhe uma coisa que sabia,
isto é, que cerca de três semanas antes, a Marocas empenhara algumas jóias para
pagar uma conta da costureira. Esta notícia abalou-o muito; não juro, mas creio
que ficou com os olhos molhados. Em todo caso, depois de cogitar algum tempo,
disse-me que definitivamente ia arranjar-lhe uma casa e pô-la ao abrigo da
miséria. Na Gávea ainda falamos da Marocas, até que as festas acabaram, e nós
voltamos. O Andrade deixou a família em casa, na Lapa, e foi ao escritório aviar
alguns papéis urgentes. Pouco depois do meio-dia apareceu-lhe um tal Leandro,
ex-agente de certo advogado a pedir-lhe, como de costume, dois ou três mil-réis.
Era um sujeito reles e vadio. Vivia a explorar os amigos do antigo patrão. Andrade
deu-lhe três mil-réis, e, como o visse excepcionalmente risonho, perguntou-lhe se
tinha visto passarinho verde. O Leandro piscou os olhos e lambeu os beiços: o
Andrade, que dava o cavaco por anedotas eróticas, perguntou-lhe se eram
amores. Ele mastigou um pouco, e confessou que sim.
— Olhe; lá vem ela saindo; não é ela?
— Ela mesma: afastemo-nos da esquina.
— Realmente, deve ter sido muito bonita. Tem um ar de duquesa.
— Não olhou para cá; não olha nunca para os lados. Vai subir pela Rua do
Ouvidor...
— Sim, senhor. Compreendo o Andrade.
— Vamos ao caso. O Leandro confessou que tivera na véspera uma fortuna rara,
ou antes única, uma coisa que ele nunca esperara achar, nem merecia mesmo,
porque se conhecia e não passava de um pobre-diabo. Mas, enfim, os pobres
também são filhos de Deus. Foi o caso que, na véspera, perto das dez horas da
noite, encontrara no Rocio uma dama vestida com simplicidade, vistosa de corpo,
e muito embrulhada num xale grande. A dama vinha atrás dele, e mais depressa;
ao passar rentezinha com ele, fitou-lhe muito os olhos, e foi andando devagar,
como quem espera. O pobre-diabo imaginou que era engano de pessoa; confessou
ao Andrade que, apesar da roupa simples, viu logo que não era coisa para os seus
beiços. Foi andando; a mulher, parada, fitou-o outra vez, mas com tal instância,
que ele chegou atrever-se um pouco; ela atreveu-se o resto... Ah! um anjo! E que
casa, que sala rica! Coisa papa-fina. E depois o desinteresse... "Olhe, acrescentou
ele, para V. Sa é que era um bom arranjo". Andrade abanou a cabeça; não lhe
cheirava o comborço. Mas o Leandro teimou; era na Rua do Sacramento, número
tantos...
— Não me diga isso!
— Imagine como não ficou o Andrade. Ele mesmo não soube o que fez nem o que
disse durante os primeiros minutos, nem o que pensou nem o que sentiu. Afinal
teve força para perguntar se era verdade o que estava contando; mas o outro
advertiu que não tinha nenhuma necessidade de inventar semelhante coisa;
vendo, porém, o alvoroço do Andrade, pediu-lhe segredo, dizendo que ele, pela
sua parte, era discreto. Parece que ia sair; Andrade deteve-o, e propôs-lhe um
negócio; propôs-lhe ganhar vinte mil-réis. —"Pronto!" — "Dou-lhe vinte mil-réis,
se você for comigo à casa dessa moça e disser em presença dela que é ela
mesma".
— Oh!
— Não defendo o Andrade; a coisa não era bonita; mas a paixão, nesse caso, cega
os melhores homens. Andrade era digno, generoso, sincero; mas o golpe fora tão
profundo, e ele amava-a tanto, que não recuou diante de uma tal vingança.
— O outro aceitou?
— Hesitou um pouco, estou que por medo, não por dignidade, mas vinte mil-réis...
Pôs uma condição: não metê-lo em barulhos... Marocas estava na sala, quando o
Andrade entrou. Caminhou para a porta, na intenção de o abraçar; mas o Andrade
advertiu-a, com o gesto, que trazia alguém. Depois, fitando-a muito, fez entrar o
Leandro; Marocas empalideceu. — "É esta senhora?" perguntou ele. — "Sim,
senhor", murmurou o Leandro com voz sumida, porque há ações ainda mais
ignóbeis do que o próprio homem que as comete. Andrade abriu a carteira com
grande afetação, tirou uma nota de vinte mil-réis e deu-lha; e, com a mesma
afetação, ordenou-lhe que se retirasse. O Leandro saiu. A cena que se seguiu, foi
breve, mas dramática. Não a soube inteiramente, porque o próprio Andrade é que
me contou tudo, e, naturalmente, estava tão atordoado, que muita coisa lhe
escapou. Ela não confessou nada; mas estava fora de si, e, quando ele, depois de
lhe dizer as coisas mais duras do mundo, atirou-se para a porta, ela rojou-se-lhe
aos pés, agarrou-lhe as mãos, lacrimosa, desesperada, ameaçando matar-se; e
ficou atirada ao chão, no patamar da escada; ele desceu vertiginosamente e saiu.
— Na verdade, um sujeito reles, apanhado na rua; provavelmente eram hábitos
dela?
— Não.
— Não?
Ouça o resto. De noite seriam oito horas, o Andrade veio à minha casa, e
esperou por mim. Já me tinha procurado três vezes. Fiquei estupefato, mas como
duvidar, se ele tivera a precaução de levar a prova até à evidência? Não lhe conto
o que ouvi, os planos de vingança, as exclamações, os nomes que lhe chamou,
todo o estilo e todo o repertório dessas crises. Meu conselho foi que a deixasse;
que, afinal, vivesse para a mulher e a filha, a mulher tão boa, tão meiga... Ele
concordava, mas tornava ao furor. Do furor passou à dúvida; chegou a imaginar
que a Marocas, com o fim de o experimentar, inventara o artifício e pagara ao
Leandro para vir dizer-lhe aquilo; e a prova é que o Leandro, não querendo ele
saber quem era, teimou e lhe disse a casa e o número. E agarrado a esta
inverossimilhança, tentava fugir à realidade; mas a realidade vinha, — a palidez
de Marocas, a alegria sincera do Leandro, tudo o que lhe dizia que a aventura era
certa. Creio até que ele arrependia-se de ter ido tão longe. Quanto a mim,
cogitava na aventura, sem atinar com a explicação. Tão modesta! maneiras tão
acanhadas!
— Há uma frase de teatro que pode explicar a aventura, uma frase de Augier,
creio eu: "a nostalgia da lama".
— Acho que não; mas vá ouvindo. Às dez horas apareceu-nos em casa uma criada
de Marocas, uma preta forra, muito amiga da ama. Andava aflita em procura do
Andrade, porque a Marocas, depois de chorar muito, trancada no quarto, saiu de
casa sem jantar, e não voltara mais. Contive o Andrade, cujo primeiro gesto foi
para sair logo. A preta pedia-nos por tudo, que fôssemos descobrir a ama. "Não é
costume dela sair?" perguntou o Andrade com sarcasmo. Mas a preta disse que
não era costume. "Está ouvindo?" bradou ele para mim. Era a esperança que de
novo empolgara o coração do pobre-diabo. "E ontem?..." disse eu. A preta
respondeu que na véspera sim; mas não lhe perguntei mais nada, tive compaixão
do Andrade, cuja aflição crescia, e cujo pundonor ia cedendo diante do perigo.
Saímos em busca da Marocas; fomos a todas as casas em que era possível
encontrá-la; fomos à polícia; mas a noite passou-se sem outro resultado. De
manhã voltamos à polícia. O chefe ou um dos delegados, não me lembra, era
amigo do Andrade, que lhe contou da aventura a parte conveniente; aliás a
ligação do Andrade e da Marocas era conhecida de todos os seus amigos.
Pesquisou-se tudo; nenhum desastre se dera durante a noite; as barcas da Praia
Grande não viram cair ao mar nenhum passageiro; as casas de armas não
venderam nenhuma; as boticas nenhum veneno. A polícia pôs em campo todos os
seus recursos, e nada. Não lhe digo o estado de aflição em que o pobre Andrade
viveu durante essas longas horas, porque todo o dia se passou em pesquisas
inúteis. Não era só a dor de a perder; era também o remorso, a dúvida, ao menos,
da consciência, em presença de um possível desastre, que parecia justificar a
moça. Ele perguntava-me, a cada passo se não era natural fazer o que fez, no
delírio da indignação, se eu não faria a mesma coisa. Mas depois tornava a afirmar
a aventura, e provava-me que era verdadeira, com o mesmo ardor com que na
véspera tentara provar que era falsa; o que ele queria era acomodar a realidade
ao sentimento da ocasião.
— Mas, enfim, descobriram a Marocas?
— Estávamos comendo alguma coisa, em um hotel, eram perto de oito horas,
quando recebemos notícia de um vestígio: — um cocheiro que levara na véspera
uma senhora para o Jardim Botânico, onde ela entrou em uma hospedaria, e ficou.
Nem acabamos o jantar; fomos no mesmo carro ao Jardim Botânico. O dono da
hospedaria confirmou a versão; acrescentando que a pessoa se recolhera a um
quarto, não comera nada desde que chegou na véspera; apenas pediu uma xícara
de café; parecia profundamente abatida. Encaminhamo-nos para o quarto, o dono
da hospedaria bateu à porta; ela respondeu com voz fraca, e abriu. O Andrade
nem me deu tempo de preparar nada; empurrou-me, e caíram nos braços um do
outro. Marocas chorou muito e perdeu os sentidos.
— Tudo se explicou?
— Coisa nenhuma. Nenhum deles tornou ao assunto; livres de um naufrágio, não
quiseram saber nada da tempestade que os meteu a pique. A reconciliação fez-se
depressa. O Andrade comprou-lhe, meses depois, uma casinha em Catumbi; a
Marocas deu-lhe um filho, que morreu de dois anos. Quando ele seguiu para o
Norte, em comissão do governo, a afeição era ainda a mesma, posto que os
primeiros ardores não tivessem já a mesma intensidade. Não obstante, ela quis ir
também; fui eu que a obriguei a ficar. O Andrade contava tornar ao fim de pouco
tempo, mas, como lhe disse, morreu na província. A Marocas sentiu
profundamente a morte, pôs luto, e considerou-se viúva; sei que nos três
primeiros anos, ouvia sempre uma missa no dia aniversário. Há dez anos perdi-a
de vista. Que lhe parece tudo isto?
— Realmente, há ocorrências bem singulares, se o senhor não abusou da minha
ingenuidade de rapaz para imaginar um romance...
— Não inventei nada; é a realidade pura.
— Pois, senhor, é curioso. No meio de uma paixão tão ardente, tão sincera... Eu
ainda estou na minha; acho que foi a nostalgia da lama.
— Não: nunca a Marocas desceu até os Leandros.
— Então por que desceria naquela noite?
— Era um homem que ela supunha separado, por um abismo, de todas as suas
relações pessoais; daí a confiança. Mas o acaso, que é um deus e um diabo ao
mesmo tempo. . . Enfim, coisas!